Resuenan las campanas en el resplandor de la noche. Resplandor, me oyen bien, pues se iza majestuosa, ofuscando desde el cielo, cruel luna de otoño, brillante con deje oscuro, sonríe a sus retoños. Se jacta de su figura, se jacta de su primura, se jacta sin sentimientos… desatada condena de su locura.
Levántome de nuevo, media noche, cada día. Se abre de nuevo la veda. En estancia cochambrosa, envuelto en sábanas oscuras, rodeado de penumbras, mis armas: un fascio y un cuchillo, últimos recursos, tras años de desidia. Se asoman ya nocturnos, los amos de la noche. Escudriñan las calles, cobijo y consuelo buscan para sus almas maltrechas, agotadas de su no muerte, desdichadas por siempre. Ha alzado el rostro, me acongojo contra el muro. ¿Irrisoria acción del eterno cazador? Mas cazador no soy, sólo presa. Último conejo de aquella cacería, último ser viviente con sesera, que es capaz de concebir ideas más allá de locuras y despojos.
Pasan las horas, el foco cae. Se esconde la luna, testigo una vez más de la desesperación y agonía, de nadie más, sólo mías. Arropado, cobijado, abrazado al fascio, sangran mis manos. Agarré mi arma con demasiada fuerza, cae ahora al suelo. Su sonido, al chocar contra el frío raso, demasiado hueco, demasiado alto. Ha llamado la atención de mis captores, son los últimos minutos del conejo en esa caza.
Mas la luna se ha ocultado, y en las calles suenan de nuevo, repican las campanas. La noche ha acabado y ellos descansan bajo tierra. Duermen, descansan, regresarán a media noche. Yo estaré esperando, vigía eterno, cada día, testigo del marchar de la luna hacia el ocaso.